Islandia

Júpiter: The Drägøn

Hola amigos.

Esta entrada se la quería dedicar a una persona muy especial.
Hoy, no voy a hablar de técnicas, ni de revelados.
Hoy, quiero retomar la esencia del por qué abrí este blog. Para hablar de mis sentimientos.

Ya os he contado mil veces que Islandia es un sitio en el mundo que bien valdría un planeta.
Por sí misma es un lugar, en mi mundo particular, que cuando aterrizo allí se produce en mi interior una especie de burbuja.
Todo lo malo que me llevo en los bolsillos desde España, se queda en la puerta del avión. Se caen como arte de magia.

Islandia me ha dado momentos muy especiales personales.
Allí he compartido momentos únicos e inolvidables con mi chica.
Allí he vivido experiencias que difícilmente volveré a vivir en otra parte de este planeta.
Pero también he vivido, durante los 5 años que llevo yendo, cosas que sólo se pueden comprender desde dentro de aquel mundo.

Hace más de un año, en el viaje que hicimos allá por el 2017, sucedió un imprevisto.
La mamá de Paco, decidió que era el momento de irse. Decidió que era el momento de subir y convertirse en una estrella.
Así como hace ya unos años, mi papá quiso subirse allí arriba para que cada vez que hiciera fotos en la noche saliera como una de las más brillantes.

Paco se tuvo que ir de manera precipitada para darle el último beso, el último abrazo, antes de que decidiera emprender ese largo viaje.
Pero no pudo ser. Por los enlaces, malditos enlaces, no logró culminar su carrera a contra reloj con éxito.

Yo recibí la noticia, en uno de los sitios favoritos de mi amigo. En la laguna de Jökulsárlón. Sentí rabia. Tanto esfuerzo sin recompensa.

Pasaron las horas, peleándome entre el “show must go on” y mi tristeza por saber que mi amigo estaba a miles de kilómetros, y sin poder abrazarle. Como él estuvo conmigo hace años.

Pero el destino, aquella noche, quiso regalarme una fotografía para, que pasado un tiempo, pudiera decirle que en las estrellas viven nuestros seres queridos. Y éstos nos hablan a través de la naturaleza.

Esa noche, ver un dragón, un pájaro, o el mismo Ave Fénix en el cielo, me recordó que aún tenemos muchas estrellas entre nosotros. Y que tenemos que saborear cada minuto de este viaje.
Aquella noche, gritos de júbilo, clicks de obturadores, y lágrimas. Muchas lágrimas. Porque los que estuvimos bajo las alas de este dragón, recordamos a las estrellas que tenemos en el cielo.
Al ver la fotografía que comparto hoy con vosotros, sabía que ésta era para ti. Y que te la regalaría llegado el momento.
Coincidiendo que ahora estás en Islandia, haciendo cumplir los sueños de un puñado de amigos nuestros, quería decirte que nunca dejes de mirar al cielo.

Aquella noche, el cielo me habló, Paco.
Y allí estaba yo. Recordándote, amigo.

3 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *